Antes de la góndola: cuando en Venecia había caballos y carruajes
Hola, soy Laura. Hoy me gustaría hablarte de mi abuelo que, cuando yo era pequeña, me hablaba de una Venecia diferente. Recuerdo como si fuera hoy que un día me dijo: "Sabes, una vez en Venecia había más tierra. Y sí, también caballos". No lo decía porque lo hubiera visto realmente así, sino porque aquí ciertas imágenes pasan de boca en boca, pertenecen a la memoria colectiva. De todos modos, durante años pensé que era una de esas historias un poco noveladas. Luego, estudiando y viviendo la ciudad con más atención, comprendí que dentro de esas palabras había algo muy concreto.
Cuando Venecia no era solo agua
En los primeros siglos de su historia, entre la Alta Edad Media y el siglo XIII, Venecia aún no tenía la forma compacta y completamente acuática que conocemos hoy. Los canales existían, por supuesto, pero no estaban tan definidos, y en muchos puntos la ciudad dejaba espacio a superficies más amplias, menos fragmentadas. Los puentes eran pocos, a menudo de madera, y aún no lo conectaban todo como lo hacen ahora. En este equilibrio todavía inestable entre tierra y agua, algunas zonas permitían el paso de animales y pequeños carros. No era una ciudad construida para las ruedas, pero tampoco una ciudad que las excluyera del todo. Era una Venecia en transformación, todavía abierta a diferentes posibilidades. Luego, lentamente, algo cambia. Entre los siglos XIII y XVI, en pleno crecimiento de la República, la ciudad toma una dirección precisa. No es una decisión repentina, sino una serie de intervenciones que, puestas en conjunto, transforman completamente el modo de vivir Venecia. Los canales se mantienen, se amplían y se vuelven cada vez más centrales. La ciudad necesita agua para moverse, para comerciar, para mantenerse viva dentro de la laguna. Los puentes aumentan, pero siguen siendo estructuras pensadas para quienes se mueven a pie, con escalones que ya entonces hacían imposible el paso de carros. El espacio urbano se adapta poco a poco a esta lógica, hasta excluir definitivamente todo lo que necesita ruedas. No es una pérdida. Es una elección, coherente con lo que Venecia estaba llegando a ser.
La góndola y la vida cotidiana
En este nuevo equilibrio, la góndola encuentra su espacio natural. Entre los siglos XV y XVIII se convierte en una presencia constante, parte integrante de la vida cotidiana. No tiene nada de simbólico, no representa aún nada más que una necesidad. Sirve para desplazarse, para atravesar la ciudad, para conectar lugares que ya existen sobre todo a lo largo del agua. Con el tiempo se perfecciona, cambia de forma, se adapta. Pero sigue siendo, ante todo, una herramienta esencial. Es la forma más directa, más lógica, más coherente de vivir una ciudad que ha decidido ser agua.
Lo que vemos hoy
Hoy, caminando entre las calli y cruzando los puentes, esa transformación es aún visible. Los escalones interrumpen cualquier posible continuidad para las ruedas, los espacios se estrechan, los recorridos se pliegan a la estructura de la ciudad. Todo parece sugerir que Venecia nunca fue pensada para otra cosa. Sin embargo, saber que en un tiempo no era exactamente así cambia la mirada. Cuando vuelvo a pensar en mi abuelo, en esa frase dicha casi con ligereza, me doy cuenta de que dentro había una verdad: Venecia no nació inmóvil. Se convirtió en lo que es hoy a través de una transformación lenta, hecha de adaptaciones, necesidades y elecciones. Una ciudad que, en un momento dado, dejó de escuchar el ruido de las ruedas y decidió seguir solo el del agua.
¿Quieres ver esta historia con tus propios ojos?
Si esta transformación te genera curiosidad, hay una forma muy original de profundizar en ella. Puedes visitar la Gondola Gallery, en Campo San Gallo, donde se cuenta la historia de la góndola a través de los siglos mediante una experiencia inmersiva en VR 3D que te permite "entrar" de verdad en la Venecia de antaño. Y, después de haber visto cómo ha cambiado todo, la mejor manera de cerrar el círculo sigue siendo una sola: subir a una góndola y atravesar la ciudad desde el agua, tal como se hace aquí desde hace siglos.



